Por Deniss Montero Figueroa      

 

En estos días encontré un breve cuento bastante interesante, llamado “La vocación del zapatero”, de Ramón Lázaro, del cual quiero resaltar este fragmento:

“El zapatero estaba triste. Veía cómo la profesión que antaño fue de su bisabuelo, después de su abuelo, seguido por su padre, y finalmente propia, estaba condenada a la extinción. Ya nadie arregla nada. Cuando se estropea algo, simplemente lo cambian por otra cosa nueva.

Vender zapatos nuevos no le seducía. A él siempre le había hecho feliz poder reparar las cosas. De modo que, en la búsqueda de una nueva vocación, finalmente creyó encontrar la que se ajustaba plenamente a sus aspiraciones. Una profesión en la que siempre está todo por arreglar, y que por más cosas que se estropeen raramente las cambian por algo nuevo.

Y así fue como el zapatero acabó siendo político…”

Se dice que la vocación es la suma de la habilidad y la pasión para hacer algo, para desempeñar un oficio o profesión. Mientras que la acción de servir se deriva de una actitud empática hacia el otro, lo que nos mueve a ofrecer una ayuda o servicio orientado a satisfacer sus necesidades.

Si unimos los conceptos de vocación de servicio con el cuento del zapatero, podemos deducir que el oficio de quien trabaja en la administración pública es “arreglar” aquellas cosas que ameritan ser reparadas o en todo caso, mejorar lo que hay con el fin de satisfacer las necesidades de su comunidad.

En tal sentido, la vocación de servicio ligada a la  gestión administrativa debe ser entendida como la actitud de servir al otro por encima de los intereses particulares. Aun cuando existen diferencias, si hacemos un símil entre el servicio público y la empresa privada, encontramos cinco elementos comunes para llevar a cabo una correcta gestión administrativa:

  1. Observación: Así como todo negocio se ocupa de conocer y entender a sus clientes potenciales (sus necesidades, intereses y hábitos), el administrador de lo público debe ser conocedor de su comunidad y del entorno, sus costumbres y tradiciones, lo que le aqueja, lo que impide su desarrollo y su progreso.
  2. Visión: Dentro del análisis del mercado potencial, el empresario ve las oportunidades que el mismo mercado ofrece, el administrador en su gestión debe identificar los potenciales de su jurisdicción, así como las aptitudes del terreno y de la población para generar riqueza, desarrollo y progreso.
  3. Viabilidad: Un empresario identifica debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades antes de decidir ingresar al mercado con su producto o servicio. En tanto que el político (el administrador) debe reconocer, no solo el caudal electoral que lo puede respaldar, sino la viabilidad de un programa de gobierno que responda efectivamente a las necesidades y potencialidades de su población, teniendo en cuenta los recursos que requiere y que tiene a mano para implementarlo.
  4. Escucha: Así como las empresas serias cuentan con un área de atención al usuario, el administrador público debe entender que su gestión no la puede hacer de espaldas a la gente. Debe estar dispuesto (así como sus colaboradores) a escuchar a las personas, a atender sus inquietudes y a dar respuesta a sus requerimientos.
  5. Honestidad: Finalmente, del riguroso manejo presupuestal depende la calidad de la gestión y la reputación de quien la ejecuta. Este es tal vez el punto más delicado dentro de los elementos de la vocación de servicio, pues lastimosamente en un país como el nuestro, muy pocos entienden que la cosa pública (o la política) es para servir a los demás, haciendo uso adecuado de los recursos (que nos pertenecen a todos) en función del bien común y mostrando cuentas transparentes. Que destinar los recursos públicos para satisfacer intereses personales se llama CORRUPCIÓN y que justamente éste es el principal flagelo que ha impedido nuestro desarrollo colectivo, que al final termina azotando incluso a quienes la practican.