La silla en que cada uno nos sentamos tiene diversas formas, colores, diseños, precios y tamaños, cada una es especial más allá del cargo que la representa, ella  se ajusta a nuestras necesidades aunque más bien terminamos ajustándonos a ella, como dicen los abuelos “se le busca la comba al palo”. Luego de un tiempo esa silla es única y así el uso -y el abuso-  la muestren vieja, desbaratada, coja, descosida, desteñida, chirriadora, seguirá siendo “la silla”. Un buen día la eficiente oficina de recursos humanos y riesgos laborales dan cuenta de la falta de ergonomía y deciden cambiar la silla por una de diseño moderno, liviana, ergonómica y modular, pero no, la primera reacción es de conservar la de siempre.

Esto sucede porque generamos una zona de confort a nuestra medida la que nos da seguridad emocional, aquí toco tangencialmente una área que claramente no es mía sino propia de quienes escrutan la mente y el comportamiento humano, es nuestro salvavidas, nuestro burladero, nuestra protección, nuestro triángulo de vida, una simple silla, esa misma en la que estás sentad@. Entonces al crear esa zona de confort toda nuestra seguridad se deposita en un elemento, en algo material lo que la mayoría de las veces es prestado. Así nos sentimos -aparentemente- tranquilos, y aplicamos la vieja moraleja del perro que llevaba un hueso en sus fauces cruzando un río y al ver el destello de un hueso más grande soltó el que cargaba y se dio cuenta que solo era un reflejo, preferimos aferrarnos a la seguridad de lo material.

Escarbando en este mar de información que nos provee las redes interconectadas de comunicación encontré algo muy acorde con lo que vengo planteando:

Se cuenta que un turista fue a la ciudad de El Cairo, en Egipto, con la finalidad de visitar a un famoso sabio. El turista se sorprendió al ver que el sabio vivía en un cuarto muy simple y lleno únicamente de libros. Las únicas piezas de mobiliario eran una cama, una mesa y un banco.

– ¿Dónde están sus muebles? -preguntó el turista.

– ¿Y dónde están los suyos…? -respondió rápidamente el sabio

– ¿Los míos? -se sorprendió el turista- …¡Pero si yo estoy aquí solamente de paso!-

– Yo también… -concluyó el sabio-. La vida en la tierra es solamente temporal… Sin embargo, algunos viven acaparando como si fueran a quedarse aquí eternamente y olvidan ser felices.”

La transformación es comportamental, obedece a un cambio de actitud que implica la generación de acciones y esas acciones derivan en resultados, de qué clase? bueno, depende de hacia dónde se dirijan esas acciones y cuál sea nuestra actitud. Lo cierto es,  y lo digo no porque lo haya estudiado mucho, sino más bien vivido, que hay que dar ese paso, afrontar y superar los temores, fortalecer esa auto-confianza, entender y comprender el entorno para adaptarnos a las circunstancias y a los cambios que se presentan o incluso generarlos. Es dejar la vieja silla y probar una nueva o simplemente no usar una silla.

A veces funcionamos mejor con los ejemplos de otros antes de mirarnos a nosotros mismos, y vemos cómo lo que era una costumbre ha sido revaluado, lo nuevo lo miramos con desconfianza, con temor, con incertidumbre, nos aferramos a lo que conocemos porque nos es más fácil, no queremos ver otras alternativas y menos otros puntos de vista; el mundo vivió la esclavitud como algo normal, en Colombia fue abolida hace 168 años y ello implicó cambios y transformaciones sociales y culturales, y por eso hoy la vemos como lo que es, una horrorosa práctica que lamentablemente subsiste en no pocos países. Otros ejemplos de cambios y de adaptaciones son la promoción y protección de los derechos humanos y su fundamento en la igualdad y la dignidad, el reconocimiento de la vulnerabilidad de las minorías. La necesaria transformación del transporte público sin duda es un reto enorme en esta adaptación. Las regulaciones y normas de la industria para la preservación del medio ambiente requieren cambios comportamentales, y muchos otros ejemplos.

Si la adaptabilidad es compleja qué decir de la resiliencia entendida esta como aquella capacidad humana (y también de la naturaleza) de reponerse a condiciones adversas, a la perturbación, al dolor y seguir adelante. Son muchos los ejemplos y de alguna manera lo hemos experimentado solo que lo asumimos de una manera inconsciente, cuando muere un ser querido, cuando se pierde lo ganado, cuando una comunidad sufre un desastre natural, etc, en primer lugar nuestro instinto de supervivencia se impone, seguido de la determinación y fortaleza interior, la autoestima y la confianza nos brindan la seguridad necesaria para reconstruir, para reinventarnos y continuar el viaje. La vida siempre persiste, busca la forma de transformarse y resurgir, lo que hace llegar a mi memoria la estrategia de la Cámara de Comercio de Bogotá a finales de los 90´s  que en su plan de reinvención, retó a sus funcionarios a identificarse con una de las dos caras de una moneda de bronce que se les dio, por un lado un dinosaurio y por el otro una ballena. El uno representaba la extinción y la otra la transformación. Tu con quién te identificas?

Seguramente algunos pensarán que es fácil escribirlo pero que la realidad es más compleja de lo que aquí aparenta ser, y nos la falta razón, ante una situación crítica o crucial pensar en esto no es una solución inmediata, no obstante, es precisamente la determinación y la actitud asumida lo que nos puede llevar a tomar decisiones razonables y acordes con el momento vivido. Por ello es importante la calma, el análisis, el auto-cuestionamiento, y escuchar y atender las diversas opiniones, para hacer una completa introspección y luego la prospección. Es entender y comprender el por qué de lo que sucede y hacer parte del cambio. ¿Nos quedamos como estamos o avanzamos?, ¿queremos ser jefes o líderes? ¿busco cómo me beneficio o cómo nos beneficiamos?, ¿me quedo con la desilusión y la frustración o hago de ello un aprendizaje y una experiencia para mejorar?, ¿no pienso, no opino o me atrevo a pensar diferente?

¿Cómo podemos ser generadores de nuestro propio destino?,  ¿deberíamos dejar en manos de Dios, del universo, de la vida o del azar, nuestro propósito de vida?, ¿dónde quedarían entonces la voluntad, la racionalidad y el libre albedrío?. Expertos hablan de la importancia de creer, de desear y de estar convencidos de un propósito, por ello términos como filtro reticular y el efecto pigmalión, para solo mencionar dos de los muchos aspectos propios de la mente humana que poco explotamos de manera consciente, nos ayudan a tener consciencia de nuestras propias fortalezas. El uno está relacionado con nuestros deseos e intereses y la fijación en ellos, y el otro es la creencia de que algo puede suceder y sucede, en particular relacionado con otros personas. Luego la premisa sigue siendo la confianza y la seguridad en sí mismos, las convicciones acompañadas de los principios y valores, la determinación y el propósito.